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Lo que destaca en Fumey-Chatelain es el notable equilibrio entre tradición y modernidad.
La aventura comenzó a mediados de los 80, cuando Raphaël Fumey (primo de Stéphane Tissot) y Adeline Chatelain decidieron cuidar algunas viñas familiares, vendiendo sus uvas a la cooperativa local. En 1991 se produjo un primer punto de inflexión: una devastadora helada primaveral destruyó casi el 95 % del viñedo. Adeline y Raphaël decidieron vinificar ellos mismos la poca fruta que la naturaleza les había permitido. Rápidamente les tomó gusto y se organizaron para elaborar y envejecer algunas cuvées, pidiendo prestadas barricas, tanques, una prensa y, sobre todo, espacio de bodega, a un grupo de viticultores y amigos vecinos.













